Adictos a dispositivos Móviles

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Adictos al móvil: La jaula dorada del smartphone

Ningún aparato concentra tanto poder e información como el móvil. Pero la revolución iniciada por Apple en 2007 ha dado lugar a un buen puñado de patologías que obligará en un futuro no muy lejano a trazar varias líneas rojas.

Hace cinco o seis años, cuando el smartphone era un club exclusivo y las aplicaciones de mensajería instantánea aún caminaban en pañales (Whatsapp debutó en 2010, Telegram en 2013, Google Allo esta misma temporada), las economías más avanzadas del planeta ya dejaban ver en sus bares y en sus parques una extraña transformación, pues la gente, tan adicta al contacto social, de repente había cambiado de hábitos. Una cena en el Union Pool de Brooklyn, por ejemplo, se convertía en una suerte de ausencia en la presencia, es decir, en un evento donde los colegas se perdían en las musarañas.

La culpa la tenían los teléfonos de última generación, especialmente la pionera familia iPhone, 115 milímetros de longitud donde tímida pero inexorablemente se acumulaban magníficas utilidades, primero el despertador y la cámara de fotos, después la agenda y el bloc de notas, al final (y hasta hoy) absolutamente todo. Si internet es el rey de la fiesta, y lo es hasta el punto de justificar la existencia del mayor emporio tecnológico (Silicon Valley), el móvil se ha convertido en el catalizador ideal, un terreno de juego donde compiten fabricantes de hardware, inventores de software, teleoperadoras e infinidad de actores de la industria del ocio.

La ola ha salpicado de lleno a España, donde el número de smartphones se ha duplicado en solo un lustro. Contabilizando únicamente a los adultos, hoy existen en el país alrededor de 23 millones de dispositivos. Aunque los datos varían, todos los estudios nos atribuyen un papel preeminente desde el prisma del consumidor: no existe otro lugar con más móviles listos por habitante (el 86% dispone de uno, según We Are Social; Back Market eleva ese porcentaje al 92%, por delante de Singapur, Japón, Italia y Alemania), y esa certeza encierra diversas consecuencias.

NO HAY DIFERENCIA

El dosier La Sociedad de la Información 2015, elaborado por Telefónica, desliza una pista crucial para entender la dimensión del fenómeno: «Las tecnologías en general e internet en particular han dejado de ser considerados por los usuarios como simples herramientas útiles para llevar a cabo determinadas actividades […]. Durante años, estos usuarios han diferenciado claramente entre su vida off line (a la que daban mayor peso y, en cierto modo, mayor autenticidad), y su vida on line […]. En la actualidad, sin embargo, esta diferenciación tiende a diluirse y la tecnología empieza a ser una parte central de la vida de las personas».

Eso exactamente es lo que reza la estadística. Hasta 2014, el ordenador era la puerta de entrada a la red, pero las tornas cambiaron el año pasado, cuando por primera vez el smartphone aventajó (y en 10 puntos) a la world wide web (88,2% versus 78,2%). La mayoría de las 34 veces que echamos mano del móvil cada día lo hacemos para sumergirnos en el absorbente yugo de WhatsApp (93,6%), tuitear nuestro último pensamiento filosófico (86,2%), sestear en las redes sociales (81,2%), consultar el correo electrónico (66,2%) y ejecutar operaciones bancarias (46,8%).

Quizás sea más preocupante que un 42,9% de los españoles considere que el uso de la tecnología «nos hace más atractivos» (¿qué fue de Paul Newman y la vieja escuela?). O que un tercio admita que recurre demasiado a teléfono y los chats, a pesar de que el 56,8% toma ya medidas para evitar que sean una distracción, muchos (59,7%) silencien a grupos y personas y no pocos (44,1%) salgan de esos grupos o bloqueen al plasta de turno. Además, un 11,2% plantea abiertamente la posibilidad de vivir sin WhatsApp o sucedáneos.

PREHISTORIA

Un repaso a la historia del móvil es un paseo repleto de hallazgos. Ricardo Pérez, profesor de Innovación Digital de IE Business School, es nuestro cicerone y nos retrotrae a la era Nokia, aquellos finlandeses locos que convirtieron esto en un negocio de masas, «porque los teléfonos al principio eran para privilegiados y experimentadores [y pesaban un par de kilos]». La batalla se libraba en dos ámbitos, «diseño y buena cobertura», y más adelante se añadió, paradoja en el reino de las seis pulgadas, la exigencia de reducir hasta el ridículo el tamaño. «Nokia fue la campeona, por eso en muchos países europeos tenía cuotas de mercado de hasta el 90%, y luego se permitió hacer cosas raras como ponerle al móvil una cámara de fotos, algo que nadie entendía para qué servía».

Poco después, las teleoperadoras nos invitaron a consumir datos desde el móvil. Más adelante, Blackberry cambió los hábitos del mundillo corporativo introduciendo el email. Era obvio que estos dispositivos cada vez resultaban más poderosos: en sus entrañas cabían los videojuegos, el GPS o la sincronización con el ordenador. Y entonces irrumpió Apple, un outsider, para clavar lo que Motorola intentó con su modelo Rokr y el sector pedía a gritos: en palabras de Pérez, «un cacharro que agregase todo lo que había ahí fuera».

«Con el iPhone se operó una enorme transformación en el negocio de los móviles y los contenidos. Las plataformas tecnológicas comenzaron a ser la clave, o sea, vender un servicio y alrededor ofrecer servicios adicionales, que es lo que hacía y hace Apple con la música, iCloud o Apple TV. Apple enseñó el camino a los demás integrando muchas ramas en un solo árbol, y esa plataforma ha dado lugar a otros servicios digitales que ya están por encima, porque casi todos viven en el móvil y se alimentan de internet. Es lo que ocurre con Airbnb o Uber», sintetiza.

DIARQUÍA

Es importante detenerse en la lanzadera de aplicaciones descrita por Pérez porque ahí chocan dos visiones y dos titanes. Lo explica Franc Carreras, profesor de Marketing Digital en Esade. «Para Apple, el cliente es el comprador de productos de hardware. Para Google son las marcas, porque vive sobre todo de la publicidad. La Apple Store es un coto más hermético que Google Play. Apple cobra una comisión del 30% en todas las transacciones y además ejerce de árbitro y determina cuándo una propuesta es sólida y cuándo no cabe en su nicho de excelencia. Google, en cambio, sabe que el producto gratuito genera tráfico y atrae al anunciante, así que todo son facilidades a cambio de quedarse con los datos».

Como el 90% de los smartphones recurre a una de estas dos plataformas (por cierto, a 1 de enero de 2016 había 3.790 millones de unidades circulando entre seres humanos más o menos estresados), el cliente se convierte poco menos que en un rehén. Carreras defiende el valor del gremio app no solo porque detrás hay miles de startups con ideas disruptivas, sino porque verdaderamente «es una actividad que produce valor, ya que el smartphone es un ordenador portátil que recurre a una tecnología más avanzada que la disponible cuando viajamos a la Luna. Es mucho más barato descargar una app que comprar una libreta y un bolígrafo, por citar un caso práctico. Y no, esas empresas no quieren convertirnos en esclavos sino enriquecer sus plataformas. Con el tiempo se desarrollarán protocolos de conducta más acordes con el equilibrio entre las relaciones personales y las digitales, y cuando el móvil desaparezca e interactuemos con pantallas virtuales, es obvio que se consolidará lo que parece inevitable: siempre estaremos on».

DESVENTAJAS

David Corominas es consultor estratégico en Nadie The Creative Think Tank y sabe un rato de las teleoperadoras, sus estrategias y el corolario del signo de los tiempos. «El móvil supone un cambio radical en los hábitos personales, públicos, privados y profesionales. De repente tenemos en la palma de la mano una capacidad de gestión de la información como nunca antes en la historia de la humanidad. No se trata de un fenómeno de democratización. Hablamos de universalización, porque conseguir uno es barato y usarlo sencillo. El teléfono también le inyecta a la vida una velocidad que no tenía antes, y eso implica desventajas», sostiene.

Una de ellas es la prolongación del flujo de trabajo: esa cascada de emails que debes contestar, esas llamadas del jefe fuera de hora, esa asunción de que vives enganchado a la pantalla. «Tendremos que redefinir las reglas, respetar ciertas franjas horarias y asumir ciertas conductas sociales [el móvil lejos de la mesa mientras se almuerza o apagado mientras se duerme]. La perversidad del smartphone se observa especialmente en las personas que no vienen de la socialización predigital. Las redes sociales son un campo de minas. Nadie es consciente del agujero al que se tira. No es un terreno de futbito, sino un estadio mundial donde algo escrito en tus años de juventud puede costarte tu trayectoria profesional (o política). Es un asunto que debería abordarse en los colegios», advierte Corominas.

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Grafico 1

Las operadoras, admite, tratan en sus reuniones la necesidad de lanzar campañas de uso responsable, pero son iniciativas que suelen quedar en nada. Por ahora, los Gobiernos dejan hacer, igual que ocurre con las casas de apuestas y su boom en internet y la TV, o (todavía, al menos en España) con la publicidad de bebidas altamente azucaradas. Tal y como destaca Telefónica en su informe, poco a poco aparecen cimarrones que se echan al monte de la desconexión, «personas en general muy cualificadas que pueden conseguir, como hicieron los veganos con la carne o el pescado, que el resto tenga una idea de consumo mucho más moderada por pura sostenibilidad. No defiendo la tecnofobia sino el ritmo razonable, pero una vez dentro ecualizar la intensidad es muy arduo porque lees el periódico, escuchas la radio, compras tus viajes. El smartphone es todo. Estás atrapado en una malla de bits».

INTOXICACIÓN

En torno al idolatrado icono ha surgido un buen saco de patologías. La nomofobia es el pánico a salir de casa sin el móvil. El phubbing consiste en la imperiosa necesidad de atender al trasto ininterrumpidamente. La vibranxiety conlleva creer firmemente que el aparato ha vibrado aunque no lo haya hecho. En China funcionan unas 300 clínicas de desintoxicación, aunque en España el fenómeno aún no mueve ingentes recursos.

Saturnino Muñoz, profesor de Psicología Clínica en el Centro de Enseñanza Superior Cardenal Cisneros, aclara que «cuando el abuso se hace habitual, estamos ante un fenómeno similar a las adicciones químicas, donde hay efecto tolerancia y efecto abstinencia». El problema, ahonda, es que «vivimos en una sociedad mucho más aséptica que antes, y en ese contexto la comunicación a través del móvil es sencilla y nos protege. El cara a cara encierra infinidad de factores verbales y no verbales y cohíbe a personas que tras la pantalla consiguen un extra de seguridad, porque ahí es donde crece la capacidad para simular y disimular».

Muñoz observa en sus clases las corrientes vivas del siglo XXI: cómo el smartphone determina el estatus, cómo los chavales lo tienen siempre a mano, cómo complementan las explicaciones del profesor con búsquedas sobre la marcha en internet y cómo no tener uno, sobre todo a partir de los 13 ó 14 años, crea problemas de socialización. «El ser humano arrastra una intolerancia cada vez mayor al malestar. El aburrimiento, la soledad, la lentitud, las emociones negativas se perciben como un enemigo mortal. Vivimos en un mundo no aceptado, y el móvil lo sublima con esa imagen de multitud, de amigos que no lo son, de charlas huecas», concluye.

Fuente www.expancion.com



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